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Perspectivas

Pobreza de aprendizaje

Dino Palacios Dávalos
Director ejecutivo del OPCE
Dino Palacios Dávalos
Pobreza de aprendizaje

04/09/2026 109 lecturas

Hablar de educación implica abordar una realidad multidimensional y compleja. Para simplificar su comprensión, podemos apelar a una analogía: la educación es como una receta de cocina. Reconocemos en ella un procedimiento con múltiples ingredientes; cada uno exige un tratamiento particular y, al combinarse bajo ciertas condiciones, nos entregan el resultado final.

El primer ingrediente clave es el hogar. Es allí donde se construye el habitus del niño junto a sus padres, tutores, abuelos y hermanos. El hogar es el universo más cercano: el territorio donde se gestionan las emociones desde temprana edad, se alimentan afectos y desafectos, y se aprende a convivir en un ambiente de seguridad.

El primer ingrediente clave es el hogar. La escuela es el segundo. El tercer ingrediente es el entorno

La escuela es el segundo ingrediente de la receta. Es una totalidad compleja, amplia, múltiple y diversa que se desagrega en el aula, el profesor y el grupo de pares. Es decir, es una combinación de condiciones materiales como las relativas a la infraestructura (aulas, espacios deportivos, laboratorios) y el equipamiento (bibliotecas, ordenadores, escritorios); como del desenvolvimiento de las condiciones simbólicas, las teorías y subjetividades; las cuales se desagregan en constructos teóricos y enfoques expresados al menos en las pedagogías y la didáctica encarnadas en los maestros. Finalmente, el grupo de pares, elemento dinámico y también clave, que refleja los contextos humanos gregarios (sentires, saberes, deseos, temores, etc.) en este ingrediente.

El tercer ingrediente es el entorno: la sociedad con su economía, sus imaginarios y sus traumas. Las expectativas y frustraciones de una comunidad se enraízan en su historia. En nuestro caso, la 'bolivianidad' está marcada por profundas contradicciones: desde la épica del Chaco y la marcha que reclama el acceso al mar, hasta discursos patrióticos llenos de fervor que conviven con un sentimiento recurrente de lamento y rezago. Es una identidad abigarrada, diversa y compleja.

El resultado actual de esta mezcla de ingredientes es la “pobreza del aprendizaje”. A diferencia de conceptos como fracaso escolar o pobreza educativa, esta categoría acuñada por el Banco Mundial no proviene de la pedagogía clásica, sino del ámbito económico-institucional. No se refiere solo a los niños escolarizados con bajo rendimiento, sino también a aquellos que están fuera del sistema y no han alcanzado la competencia lectora básica.

Algunos elementos que la conforman:

  • Estar en la escuela no es lo mismo que aprender en la escuela, es decir la matriculación en si misma, no es ningún logro.
  • Lo mínimo requerido, habilidad fundacional o el proxy de los aprendizajes, es la lectura. Gracias a la lectura se puede acceder a otros aprendizajes. No es que leer sea todo el aprendizaje sino es la llave para otros aprendizajes.

La pobreza refiere carencias; no solo es falta de condiciones materiales/dinero sino de libertad para desarrollar potenciales. “No es lo que tienes, sino lo que puedes o no hacer”. La pobreza es resultado transitorio del reducido esfuerzo, es reflejo de fallas o barreras del sistema en su conjunto. Es conflicto de intereses y  es desigualdades de acceso. 

La pobreza del aprendizaje no solo es contexto y factores externos explicativos; es al mismo tiempo internalización y apropiación que retroalimenta y refuerza la frustración y reproducción de la pobreza; es subjetividades heredadas y establecidas que justifican a ciertos intereses que plantean para justificarse la resiliencia.

Esa pobreza del aprendizaje se expresa en estudiantes matriculados que asisten a clases, pero solo asisten. Que rinden en su desempeño “solo lo que se puede”. “Que hagan o no hagan, rindan o no rindan, aprueban”. Aprueban por presiones familiares o mediocridad,  porque hay algunos que dejan hacer -el denominado laissez faire-o que simplemente no quieren complicarse. Hay muchos estudiantes que trabajan formalmente o domésticamente. De igual manera, también hay muchos profesores  que trabajan además de dar clases.

Hay profesores que no saben, pero que creen que saben. Hay profes, que no saben y saben que no saben. Y también todo lo contrario.

¿Por dónde empezar? Ante una realidad tan compleja, la clave está en priorizar. Cualquier intervención, por pequeña que sea, es preferible a la inacción.

  1. Prioridad absoluta a la lectura: Al ser la habilidad precursora, la atención debe concentrarse de inmediato en la educación inicial y el desarrollo lector.
  2. Focalización en actores clave: La transformación debe empezar por los directores de unidades educativas, como agentes multiplicadores de la gestión, y continuar en la formación docente dentro de las ESFEM.
  3. Evaluación sin prejuicios: Antes de diseñar soluciones a ciegas o basadas en supuestos, es indispensable medir con rigor el desempeño docente.

No existen recetas mágicas, pero sí la urgencia de actuar. Durante años, la inacción se disfrazó de discurso ideológico, grandilocuencia y burocracia administrativa que mantenía a los maestros ocupados llenando formularios.

La educación no es un privilegio ni una concesión: es una realización humana fundamental. Sin embargo, garantizar el acceso a las aulas no basta para cumplir con ese derecho si los niños no están aprendiendo. Cuando un sistema educativo matricula a un estudiante pero no le enseña a leer ni a desarrollar su potencial, está vulnerando en la práctica el derecho a una educación de calidad. Asegurar que cada niño aprenda es la única forma real de honrar ese derecho.

Nota: El presente texto constituye una contribución analítica desarrollada por Dino Palacios Dávalos, especialista en gestión pública y planificación estratégica, con el propósito de aportar al debate social sobre la pobreza del aprendizaje y los factores externos explicativos. Los planteamientos, interpretaciones teóricas y conclusiones expresadas corresponden exclusivamente al autor. En consecuencia, sus líneas argumentativas no necesariamente representan la posición institucional oficial, ni la visión del Observatorio Plurinacional de la Calidad Educativa (OPCE).